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80 años del Desembarco en Normandía

Reflexiones de la prensa angloparlante en Chile en 1944

Han pasado 80 años desde la Operación Overlord, más comúnmente conocida como el Día-D. El 6 de agosto de 1944, con el trabajo de fuerzas británicas, estadounidenses y canadienses, con la ayuda de miembros de la resistencia francesa y voluntarios de todo el mundo, comenzó la invasión de Europa a lo largo de las costas de Normandía.

En los rincones más lejanos del mundo, la opinión pública seguiría a través de la radio, viendo las noticias cinematográficas y leyendo los periódicos sobre los avances de las tropas aliadas a través de Francia, Bélgica, Holanda y Alemania.

En lugares remotos como Sudamérica, en países como Chile, Brasil, Uruguay y Argentina, las sociedades angloparlantes, descendientes de británicos, estadounidenses e irlandeses, apoyarían la causa aliada y se movilizarían por el esfuerzo patriótico de su segunda patria.

Las comunidades étnicas que escribían en periódicos en idiomas extranjeros, como el Buenos Aires Herald y The South Pacific Mail, continuaron con su trabajo durante la Segunda Guerra Mundial. Informarían acerca de los operativos en Francia e incluirían palabras de elogio, orgullo y apoyo a un esfuerzo que consideraban propio. Las comunidades británicas y estadounidenses residentes recaudaron fondos, compraron bonos, tejieron ropa y vendajes, financiaron aviones y ambulancias, y enviaron a sus seres queridos al frente de batalla, pagando de su bolsillo el cruce del Atlántico.

 

 

 

 

 

 

 

 

Al momento del desembarco, el semanario en inglés publicado en Valparaíso ya había cerrado su editorial. Redactada ante una inminente invasión, originalmente alababa la resistencia subterránea y las emisiones radiales aliadas al continente ocupado, que elevaban la esperanza en Europa Occidental y ofrecían a una guerra de nervios para incrementar la ansiedad del enemigo.

Después del 6 de junio su propietario, Thomas C. Peddar, y editora, Margaret Compton, se apuraron en redactar su postura en la edición del 8 de junio.

El largo período de espera, con su creciente tensión, ha terminado. Ahora han llegado los días de angustia para muchos, de ansiedad para todos, y sería inútil decir que no serán terribles. La flor de la juventud de Gran Bretaña y los Estados Unidos, con lo mejor de la juventud de sus Aliados, están ahora en manos de un enemigo que luchará con una furia de desesperación. Para Alemania, esta es la última fase de la batalla de Europa. Para los pueblos de los países ocupados, es el amanecer del día de la esperanza, pero un amanecer rojo, visto débilmente aún a través de la tempestad y la densa oscuridad.

¿Qué podemos decir nosotros, o cualquier otra persona, en un momento así, cuando la noticia de la invasión apenas se ha recibido? Nada más que expresar confianza en la victoria y la esperanza de que la misma intensidad de una lucha en una escala nunca antes vista en el mundo hará la guerra corta. El camino es duro, pero hay una luz al final.

Las fuerzas aliadas han tenido que recorrer muchos caminos sin rumbo con nada más que fe para guiarlos.

Una vez que se aplacó la bruma de los días iniciales de la invasión, el periódico describiría una rápida sucesión de eventos, como la lucha por Cherburgo, la bienvenida de las tropas aliadas en Bayeux y las cabezas de playa establecidas por el ejército. Para el 15 de junio, describirían el efecto moral que estaba teniendo la invasión.

La prudencia llevada al borde del pesimismo ha sido reemplazada por un optimismo franco y la creencia de que el efecto moral de la derrota en Rusia, en Italia y hasta ahora en el continente, sería tan grande como para justificar la esperanza de que el colapso interno de Alemania está cerca.

El Día D en Chile

A excepción de una Argentina neutral, Chile fue uno de los últimos países en romper relaciones con las potencias del Eje a principios de 1943. En Santiago y Valparaíso, los días que rodearon la Operación Overlord estuvieron expectantes de la distintiva visita de un representante del Ministerio de Información británico.

Oliver Bonham-Carter, el director del Departamento para América Latina, había vivido más de 12 años en Chile. Considerado por el embajador chileno en Londres, Manuel Bianchi, como un espléndido colaborador en el trabajo de propaganda de su misión, el diplomático había comenzado en marzo de 1944 una gira por el continente americano.

En Santiago y Valparaíso, sostuvo conferencias y reuniones con representantes de las comunidades británicas residentes. En circunstancias en el que las fuerzas aliadas habían impuesto una severa interrupción de la comunicación postal y cablegráfica a los diplomáticos, la presencia del representante británico en terreno era conspicuamente oportuna. Era el momento más adecuado para una comunicación personal, franca y directa con los líderes sociales y políticos de los países latinoamericanos, para canalizar consultas y preguntas que no fuera posible dialogar a distancia.

El 1 de junio, en un español fluido, explicó a The South Pacific Mail que habría sido bastante imposible para su ministerio tener éxito si no fuera por “el apoyo inmaculado y la buena voluntad mostrada por las comunidades británicas en el extranjero”.

 

(…) sería fácil acusar al Ministerio de Información de ofrecer reflexiones, políticas e ideas británicas a la gente en el exterior sin recoger nada a cambio (…) anhelamos recoger las reacciones de los demás, pues pensamos que es importante informar a la población de Gran Bretaña sobre la respuesta de otros países.

La guerra continuaría por más de un año. Sin embargo, los eventos que comenzaron en Normandía hace 80 años cambiaron el rumbo del conflicto. El tono de la prensa angloparlante y chilena ya no sería el mismo. Ya no se preguntaban si Europa iba a ser liberada, sino que cuándo ello sucedería.

Las páginas de este periódico en lengua extranjera reflejaron el compromiso de las comunidades angloparlantes en el continente sudamericano, así como su esfuerzo siendo reconocido por las autoridades y la opinión pública en Gran Bretaña. La prensa fue un vínculo irremplazable para unir este compromiso a una red geográficamente dispersa de colectividades angloparlantes a lo largo de países como Chile, Argentina, Uruguay y Brasil.

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